Veinte años hace ya que irrumpieron las Bangles, presentadas entonces como una banda novedosa y hasta cierto punto rompedora como banda femenina, no porque antes no existieran grupos formados solo por mujeres (veinte años las separaban entonces a ellas de las Ronettes, las Shirelles o las Supremes), sino porque ellas no se limitaban a cantar y hacer coros, como solían hacer sus predecesoras: ellas tocaban sus propios instrumentos siendo una banda autosuficiente, con su solista, su bajo, su guitarra y su batería, y sin necesitar en principio ninguna mano masculina para hacer música, aunque se presentaban avaladas por el pequeño Prince, al que siempre le ha gustado rodearse de chicas guapas y mimarlas.
Veinte años y los lunes me siguen siendo días pegajosos de pereza y desgana, en los que pesan los párpados y el alma en las prisas obligadas por haber apurado hasta el último minuto antes de dejar que comenzara. Qué largas son las mañanas de lunes, sobre todo si comienzan cruelmente mucho antes de que haya amanecido siquiera. Y qué larga parece la semana cuando se la mira desde la altura del lunes y su mañana. Qué dulce, lejano y añorado parece entonces, el viernes, el sábado, el fin de semana todo con su indolencia y su alegría.
Qué poco me gustan los lunes.
Pero a pesar de todo, feliz semana. Porque bien está lo que bien acaba.
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