"¡Anda, níña, busca felices noches para felices días!"
W. Shakespeare: Romeo y Julieta
Siempre me han gustado las noches, y siempre he sido lo que algunos no sé si psicólogos o "cronobiólogos" de esos que estudian los ritmos vitales denominan "un búho"; es decir, una persona que en la noche está en su mejor momento.
Siempre he remoloneado para irme a la cama, y de niña, que me dejaran trasnochar, aunque fuera en casa viendo la tele, era de las cosas que más me gustaban. Si no era una de esas escasas ocasiones afortunadas, y me mandaban a la cama a pesar de las protestas, como durante años compartí habitación con mis hermanos, era siempre el momento de la reconciliación, las charlas en voz bajita y los juegos "de rol" susurrados a golpe de imaginación. Y solían terminar con el cabreo de mamá, claro.
Desde muy joven siempre me cundió más estudiar por la noche que en cualquier otro momento, y mis épocas de agobio escolar han sido épocas de trasnochar, apurando hasta los penúltimos cinco minutos más, y de despertar doloroso a la hora de siempre, que por desgracia no podía cambiar. Y para mí, leer no es lo mismo cuando no es por la noche.
Pero mi gran descubrimiento de la noche fue, claro está, al empezar a salir. He sido tremendamente nocturna. He apurado noches, y las he llegado a juntar una tras otra (y tras otra y tras otra, incluso), y muchos de los momentos más divertidos, locos, emotivos o trascendentales de mi juventud han tenido lugar o están ligados a la noche. De noche me he enamorado, claro, e incluso me he tenido que desenamorar. Conozco la noche, y sus cebos, y sus ventajas, y sus encantos, y sus peligros, y sus trampas, y sus engaños. Y su final.
Aún ahora, en que al fin era verdad "que la vida iba en serio" y llega la edad vencedora, que yo creí que no iba a llegar nunca, intentando convencerme, tozuda y elocuente, de que la noche no es para mí (al menos no todas las noches, como antes), sigo paladeando esas noches de cenitas y copas, aunque cada vez me atraiga más que sean en casa, la verdad. Pero hay días felices que siguen estando ligados a noches felices.
Aunque esto de madrugar a la fuerza hace que los días felices requieran, de forma impepinable, una noche feliz de plácido y profundo sueño, lo más largo posible, que nunca es demasiado. Porque sigo remoloneando para irme a dormir. Y porque ya lo dice el dicho: que la cabra tira al monte, y el búho, a la noche, por mucho que se quiera domesticar.
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