Nunca he sabido paladear ilusiones a largo plazo. Las mariposas de mi estómago han revoloteado siempre ante la inmediatez y a veces por una simple intuición de algo indefinido y maravilloso que estaba a punto de pasar.
Nunca he sido chica de ilusiones de bordes nítidos. Mis ilusiones han sido siempre casi abstractas y transparentes, agitando las alas tenues de las palabras que se enmarañan con el corazón, tan cursis que da pudor confesarlas, pero tan fuertes que da pereza negar.
Mis ilusiones, como las de todos, fueron y vinieron, subieron y bajaron, serpenteraron y se escurrieron, se deslizaron y tropezaron, aparecieron y desaparecieron prometiendo reaparecer quizás. Si me paro a mirarlas, no consigo recordar más que algunas de las más futiles, más pasajeras, más intensas.
Las de hoy, si haberlas haylas, no soy capaz de distinguirlas. No por pesimismo, sino por realidad. Porque tengo una realidad pequeña, llena de risas y mariposas, mucho mejor que cualquier ilusion. Y en estas tardes calurosas, pegajosas y lentas, la paladeamos escuchando, tatareando y pensando esta canción.