Todas las puertas abiertas en algún momento nos esperan en otro. Todas. Nunca se van del todo, y su aroma persiste en los poros de las cosas que hemos ido acumulando sin darnos cuenta de que se amontonaban sin sentido.
Por eso volver la cabeza, cerrar los ojos y atreverse de nuevo a aspirar el olor agridulce de aquello que finalmente dejó de pasar , se convierte en una forma de perder la maldita perspectiva que hizo que dejáramos de ser lo que realmente somos, o tal vez no, o qué más da.
Porque hubo veranos como este, y hubo otros distintos desde las mísmas galerías, oteando nerviosa debajo del horizonte para ver si aparecía la esperanza vestida de amarillo, o de blanco, o de verde, o de comoquiera que se vista, y hoy ya no oteo en busca de esperanzas, porque tengo un niño entre los brazos, al que esperé conduciendo cada mañana antes de la primavera mientras en la radio sonaba, dia no, día sí, día también, esta canción de Adele.
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